Parroquia de San Pedro Apóstol

Saborea la esperanza

Saborea la esperanza

Saborea la esperanza

Apenas si les ha dado tiempo a recoger los restos del Halloween, es decir, a comienzos todavía del mes de noviembre, y sin margen de transición, así, sin anestesia ni nada, ya han empezado los grandes almacenes a colocar su oferta de “Navidad”: turrones y polvorones, espumillones, juguetes, etc. ¡Faltando todavía casi dos meses para el evento que les da sentido!

Y no había llegado a mitad del mismo mes de noviembre cuando algunos Ayuntamientos estaban también decorando sus calles con guirnaldas, luces y otros motivos navideños. Que no tardarán en encender, aunque eso no tenga más sentido que hacer un gasto inútil.

A mí me ha recordado esa característica de nuestra sociedad actual: La inmediatez: Lo quiero, y lo quiero YA. Pasamos de un deseo a otro sin darnos siquiera tiempo de disfrutar la satisfacción de haber logrado el deseo anterior. Apenas hemos conseguido algo, y ya ni lo miramos, y empezamos a ansiar otro elemento más.

Y me da que esta puede ser una de las claves de la inestabilidad de las parejas en esta sociedad actual: Me gustas, te gusto, y vamos hasta el final YA, sin disfrutar de los tiempos intermedios: Las miradas, las caricias, el coqueteo, el diálogo aunque sea superficial, el deseo que se va acrecentando y profundizando dando solidez al amor compartido, el salir, el buscarse…

Como aquello que contaba el Zorro de El Principito: “Tienes que domesticarme… Domesticar significa crear vínculos… Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo... -Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca... Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad.”

¿No puede ser este uno de los secretos de la ruptura de tantas parejas, que no paramos de pasar del deseo de una persona al deseo de otra, sin darnos tiempo de crear la necesidad del uno por el otro, de entender que la otra persona es única, porque nos quedamos en lo superficial, el simple roce de la piel?

Bueno, pues me gustaría unir estas dos cosas, precisamente con lo que estamos a punto de comenzar en nuestra vivencia de la vida cristiana: El ADVIENTO.

Porque Adviento es aprender a esperar. Aunque comience el frío y empecemos a intuir el invierno, nosotros sabemos que todavía hay que disfrutar del otoño. Que la siembra recién nacida (ay la lluvia, Señor) tiene que agarrarse bien a la tierra para poder luego espigar. Y que cuanto más honda y arraigada esté la espera, mayor será el gozo de recibir el gran regalo que nos quiere hacer Dios con la visita de su Hijo.

Fueron muchos los siglos a lo largo de los cuales Dios acompañó a su pueblo, le fue educando y corrigiendo, y finalmente hizo desear de verdad, con ansia eterna, a su salvador. No podemos nosotros liquidarlo en dos ratos, simplemente porque nuestra sociedad de consumo nos invita a pasar de un deseo satisfecho a otra insatisfacción. La verdadera espera nos hará saborear los tiempos, para gozar finalmente del cumplimiento de las promesas: ¡VEN, SEÑOR JESÚS!

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